La corrupción parece inevitable, pero...., no lo es

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El invitado que siempre vuelve

Hay un invitado que nadie recuerda haber convocado y que, sin embargo, no falta a ninguna cena. Cambia de traje según la época —regalo, soborno, comisión, "mordida", puerta giratoria, contrato amañado—, pero siempre se sienta a la mesa. La corrupción es ese huésped: indeseable y, a la vez, fiel. Comprender por qué vuelve una y otra vez —y por qué eso no significa que sea inevitable— es el propósito de este portal, y conviene empezar por ahí.

Un huésped más antiguo que casi todo

La corrupción no es un problema del presente, ni una enfermedad de las democracias. Su historia documentada es más larga que la de cualquier régimen vivo. Hace más de dos mil años ya se castigaban los sobornos a funcionarios y jueces. Platón y Aristóteles denunciaron el uso privado del poder público. El derecho romano persiguió la manipulación de los cargos bajo el crimen repetundarum. Tomás de Aquino condenó el soborno y la simonía como faltas contra la justicia. Maquiavelo asoció la pérdida de virtud cívica con la decadencia de la república.

Y ha prosperado en todas partes: en monarquías absolutas, en sociedades teocráticas, en dictaduras y en democracias representativas. Ha acompañado a civilizaciones que no compartían lengua, religión ni forma de gobierno. La trayectoria española no es una excepción: en 1901, Joaquín Costa describía el caciquismo como "la forma actual de gobierno en España", con una frase que aún resuena —"no son los pueblos los que eligen sus diputados, sino los diputados los que se hacen elegir por los pueblos"—. Aquella red de poder informal no desapareció: se transformó en el clientelismo de mediados de siglo y, más tarde, en la financiación irregular de los partidos. La continuidad no es una hipótesis; es una observación.

Esa universalidad tiene una consecuencia inquietante: la corrupción es adaptable. No depende de una cultura concreta ni de un sistema político concreto; se acomoda a las condiciones de cada uno. Muta de morfología, pero conserva intacta su lógica de base. Es, en el sentido más literal, resiliente.

La ilusión de lo inevitable

Cuando algo aparece en todas las épocas y en todos los lugares, la mente da un salto cómodo: si siempre ha estado ahí, siempre estará; es parte de la naturaleza humana; no hay nada que hacer. Esa es la ilusión de lo inevitable, y es la trampa más peligrosa, porque desarma antes de empezar.

De ella nacen las dos reacciones que conviene templar para pensar con provecho. La primera es la indignación, que busca culpables más que comprensión y se agota en el escándalo del mes. La segunda, su reverso, es el cinismo, que concluye que nada puede cambiar y convierte la resignación en sabiduría. Ambas comparten un error: tratan la corrupción como un rasgo del alma humana en lugar de como lo que es.

No es un destino: es una forma de funcionamiento

La corrupción persiste no porque sea inscripción del destino, sino porque, en determinadas condiciones, es una estrategia racional. Reaparece donde concurren cuatro ingredientes: oportunidad, baja probabilidad de sanción, racionalizaciones disponibles que la justifican y opacidad que la oculta. Donde esos ingredientes están, el invitado entra; donde faltan, se queda en la puerta.

Por eso la mejor manera de entenderla no es como una anomalía que ataca a un cuerpo sano desde fuera, sino como una forma de funcionamiento que ciertas estructuras producen desde dentro. El huésped vuelve porque la casa le deja la puerta abierta: son los incentivos, los controles débiles, las normas sociales que toleran la pequeña trampa y las arquitecturas institucionales mal diseñadas las que lo invitan, una y otra vez, sin que casi nadie lo decida explícitamente. De ahí el nombre de este lugar. Indeseable, porque nadie lo quiere. Invitado, porque la estructura insiste en convocarlo.

Y si es la estructura la que invita, entonces la corrupción no es inevitable: es contingente. Cambia cuando cambian las condiciones. No es una afirmación de fe: hay sociedades que salieron del equilibrio corrupto y construyeron otro razonablemente limpio —la Suecia del siglo XIX, Hong Kong desde los años setenta, la Estonia surgida de 1991, los países nórdicos—. No lo lograron predicando virtud ni endureciendo una norma aislada, sino rediseñando las condiciones que hacían racional la transgresión. La corrupción no se erradica de una vez y para siempre, como no se erradica una endemia; se contiene con profilaxis estructural y vigilancia sostenida. Pero se contiene.

Por qué este portal

Entre el ruido del escándalo —que se renueva cada pocos meses y se olvida igual de rápido— y la distancia de la literatura académica —que explica bien pero rara vez aterriza— queda un espacio casi vacío: el del lector que ya no se conforma con indignarse pero tampoco quiere refugiarse en la teoría. Que intuye que la sucesión de casos no es mala suerte, y que quiere herramientas para pensarla.

Este portal quiere ocupar ese espacio. No para alimentar la indignación ni para confirmar el cinismo, sino para afilar la mirada: comprender las dinámicas que sostienen al invitado y, con ellas en la mano, pensar las respuestas que tienen alguna posibilidad de funcionar. Escribo desde la gestión de organizaciones, habiendo visto de cerca cómo se construyen —y cómo podrían desmontarse— esas puertas que siempre quedan abiertas.

Cada quince días, un ensayo. La tesis, siempre la misma: si la corrupción es estructural, las respuestas también deben serlo. El invitado seguirá llamando; de nosotros depende cuántas puertas le dejamos abiertas.